lunes, septiembre 26, 2005

After Life

Tiempo después de creado mi blog, cuando me digné a poner información acerca de mis intereses, por más que traté, no puede recordar el nombre de un película. Se trataba de una película japonesa, que hace algunos años vi en el Espaciocal (aquel pequeño y hogareño cine), una película que dejó sembrada parte de sí en mi enrollada mente.
Pasado un año o dos, la volví a ver unas dos veces en el cable, de principio a fin, haciéndola parte de mis pensamientos igual que la primeras vez. En mi memoria retuve gran parte del metraje, pero del título... nada. Por eso, cuánta sería mi alegría cuando la encontré en el I-Sat hace unos días. Le di duro a mi memoria de corto plazo para pasar el nombre a la da largo plazo, así fue como After Life aparece ahora entre mis películas favoritas, lugar que tiene muy bien ganado.


Fue filmada en 1998, dirigida por Hirokazu Koreeda (cuya trayectoria bien amerita ser seguida) y trata aquella instancia entre la vida y la muerte, una especie de purgatorio en que los recién fallecidos deben escoger qué recuerdo de sus vidas desean llevar al más allá. Entonces comienza la búsqueda interna, un regreso imaginario a tu pequeña historia y tanto el espectador como los personajes empiezan a cuestionarse acerca de aquello que supuso una vida tranquila, tan tranquila que simplemente no sabe qué recuerdo elegir. Porque no se trata sólo del momento, sino de las personas, olores, sonidos, todos esos pequeños detalles que, en primera instancia, parecen tan irrelevantes... Puede ser frustrante, más que nada para quien observa, porque al no haber terminado su ciclo aún, comienza a preguntarse si todo en su vida ha sido la que debiera y si ha abrazado cada momento con la pasión con que se debió; si ha respirado el aire sintiéndolo entrar en los pulmones... queriendo sin más a nuestros seres más cercanos.

Es bueno ver este tipo de películas de vez en cuando, es bueno que se nos recuerde que la vida es mucho más simple de lo que imaginamos y que es esa simpleza la que puede hacer de un momento el mayor de nuestros recuerdos.

viernes, septiembre 23, 2005

A golpes

Creo que anduve demasiado tiempo de pajarita por la vida; apática, “enmimismada" y anestesiada, sin darme cuenta de lo que pasaba en mi inmediato alrededor. Fue por eso que no lo vi venir, sólo sentí el golpe y de pronto estaba en el suelo. Fue un golpe seco, imprevisto, cosa de segundos pero duro, tan duro que aún no me repongo. Y no fue sólo la embestida, el auto siguió adelante sin emitir sonido alguno, pasando sobre mi magullado cuerpo para dejarlo más que herido, adolorido… internamente dolido. Anoté la patente, pero de nada me sirve.
Reconozco la culpa, debí haber puesto atención, debí haber bajado de las nubes antes. Debí, debí y debí, porque este golpe me invalida por un tiempo, me deja atada de manos y con tarea doble: reponerme de dolores y empezar todo de nuevo. Aunque por ahora no quiero moverme, todo duele. No soy fuerte para resistir golpes… ahora sólo quiero dormir.
Pero dicen que a golpes se aprende y, a lo mejor, hace un buen tiempo estaba necesitando uno así. Aunque tal vez, uno no de esta forma, no a estas alturas del año, o con un previo aviso quizás. No sé, sólo sé que aún tengo las huellas de los neumáticos marcadas en el culo.

lunes, septiembre 19, 2005

¿Qué será de mí mañana?

Después de disfrutar un 18 con brisa marina y fonda guachaca, mañana despertaré porque simplemente ya no tendré sueño y quedaré completa y abominablemente desocupada. Mi mente se llenará de pensamientos, lo que no es bueno, y volveré a mi cama una y cien veces tratando de dormir para no ver pasar el día.
Mañana será otro día... pero a mí no me queda ni Tara.

martes, septiembre 06, 2005

Mi esquina favorita

En la esquina de Marchant Pereira con Carlos Antúnez se alza una blanca y antigua casa, asoma su segundo piso entre la vegetación del jardín, un jardín de los que quedan pocos, que se viste de perenne verde y luce distintos colores durante el año.
Es en esta época que esta esquina me abstrae, por segundos saca mi olfato del mundano olor santiaguino. Es el aroma de la madre selva, cuyas pequeñas hojas y flores abrazan las rejas que vigilan la casa, que me llevan al sur, a mi infancia, que me recuerdan mi padre.
Hace algunos meses que la casa figura en venta. Aún está habitada, personas mayores por lo que he visto, mas la nana. Los metros cuadrados, por un lado, me dejan tranquila: no logro imaginar un edificio de departamentos en esa esquina. Sin embargo, pinta para transformarse en oficina. Oficina. Seguro el jardín pasará a ser estacionamientos y ya no habrá más verde, ya no más madre selva. Perderé el aroma que me transporta a mi sureña infancia, que recuerda a mi padre... Perderé mi esquina favorita.